20 de febrero de 2012

Tiras picantes de pechuga de pollo

Para mí, la carne de pechuga es de las menos apetecibles; tiende a ser demasiado insípida y poco jugosa. Una opción para hacerla un poco más apetitosa es marinarla con las hierbas preferidas de cada uno y hacerla luego al horno, por ejemplo. La opción Villeroy es sólo para fanáticos de la bechamel, y a la plancha queda aún peor. Esta receta juega con el marinado, el rebozado crujiente y las especias picantes que añadan un poco de alegría a la preparación,  y ademas es fácile de hacer. Resulta apta para un aperitivo o para un segundo plato si lo acompañamos con una ensalada o unas verduras salteadas.

Ingredientes para cuatro personas
Dos pechugas de pollo en filetes
Cuatro dientes de ajo
Una docena clavos de olor
Ocho granos de pimienta negra
Cuatro guindillas
Un vasito de brandy
Dos huevos
Tres cucharadas de harina
Dos cucharadas de ajo deshidratado y molido
Pan rallado para rebozar
Sal
Aceite de oliva

Molemos bien en un mortero la pimienta y el clavo. Quitamos las semillas a las guindillas y añadimos la carne  al mortero, machacándolas para que se mezclen con las especias. Pelamos  los ajos y los agregamos a la mezcla, machacando bien de nuevo y mezclamos todo con el vaso de brady. Cortamos los filetes de las pechugas en tiras de dos-tres centímetros de ancho, los colocamos en una fuente honda y los cubrimos con el marinado, removiendo para que se empapen bien, y dejamos reposar al menos un par de horas. (Mejor si lo preparamos la noche anterior). Cuando vayamos a hacerlas, las sacamos del marinado, las secamos cuidadosamente pero sin quitar los restosde las especias y el ajo que lleven adheridas. Las pasamos por harina, huevo y pan rallado, al que habremos añadido y mezclado bien el ajo deshidratado, y las freímos a fuego medio hasta que el rebozado quede dorado y crujiente. Cuando estén, las sacamos y las ponemos sobre papel absorbente para que suelten el aceite.

18 de febrero de 2012

Shame

Steve McQueen
Segundo largometraje de Steve MCQueen, Shame es una (excesivamente) glacial indagación en lo más escabroso de la personalidad de un sexo-adicto, aunque en realidad la película pueda interpretarse de muy diversas formas (o, según se decía antes, admite varias lecturas.) Quizá trate de la soledad como metáfora de un sistema social alienante y destructivo;  o del sexo como producto de consumo y las decepciones que ello acarrea llevado al extremo de la autofagia… o del círculo vicioso de un modo de vida insatisfactorio… La anécdota narrada es apenas consistente y la historia se apoya más en la capacidad de sugerencia del personaje, en  la atracción/repulsión que provoca, y en la imagen como medio para expresarla, que en un ilusorio continuum narrativo donde la acción gira sobre sí misma sin que se produzca avance ni en el devenir de la narración ni evolución alguna en el personaje. La fría atmósfera, casi de irrealidad, en la que se mueve toda la peripecia lastra por momentos la credibilidad de lo que vemos, aunque en ocasiones contribuya a dibujar con más nitidez la elusiva y enfermiza psicología del protagonista; esta dicotomía hace sin embargo que toda la película resulte un tanto arrítmica, falta de esa unidad diríamos de carácter que McQueen parece querer lograr, sin conseguirlo tampoco del todo, por medio de un lenguaje visual basado en el uso de un par de estilemas que acaban produciendo más fatiga que otra cosa y que son ya la marca de la casa: por un lado, el empleo de planos  muy largos (en Hunger, su primer largometraje de 2008, hay uno de más de 16 minutos); y por otro lo que yo llamaría la división del fotograma. McQueen compone cuidadosamente cada plano de una forma que acaba resultando más un tic que un sello personal: sitúa siempre a sus personajes a la derecha o a la izquierda de la imagen, dejando un inmenso espacio vacío generalmente desenfocado que se come literalmente todo lo demás, y lo que es peor, distrae la atención. Claro, el uso reiterado de esos dos recursos acaba convirtiendo un estilo con vocación de sobriedad en un fatigoso y por momentos aburrido barroquismo visual. 
El tratamiento distanciador dado a la forma de narrar resulta de una frialdad quirúrgica y las escenas de sexo más o menos explícito que ocupan una buena parte del metraje parecen ejercicios gimnásticos ejecutados por muñecos inanimados; ni siquiera en lo que podríamos llamar aproximaciones, esos obsesivos primerísimos planos, hay el menor calor, convirtiendo el acto sexual en abstractas representaciones de, supongo, la inanidad vital del héroe. La aparición del personaje que interpreta  (magníficamente) Carey Mulligan, no sólo interrumpe la vida de su desnortado hermano: interrumpe la mínima acción existente distrayendo y rompiendo la unidad de acción para proponernos un nuevo desvarío que nada  aporta salvo el pretexto para algún desnudo y la más torpe y truculenta de las escenas de este irregular pero estimulante filme (¿quizá también la excusa para justificar freudianamente la actitud del protagonista?). Pero McQueen tiene, me parece, madera de buen director, y cuando se olvida de ser original y trascendente a toda costa consigue momentos de buen cine como en las secuencias de la cena en el restaurante o del ligón en la barra del bar, donde la ironía con que está tratada la situación aligera por un momento la pesadez un poco rígida que tiene toda la película dejando un refrescante aroma de refinada comedia. Y dirige bien a los actores: hay que dejar constancia del excelente trabajo del ubicuo Michael Fassbender, en una caracterización llena de matices de un personaje complejo y contradictorio, y ya se ha dicho de la excelente interpretación de Carey Mulligan, de la que yo resaltaría ese (nuevamente) larguísimo y tenso plano cuando canta, o mejor, susurra la canción New York, New York. Le falta quizá, a McQueen, un poco de compasión por sus personajes: los planos con los que cierra esta desasosegante historia, repetición de los que la abren, dejan poca esperanza sobre la posibilidad de romper  ese círculo vicioso que, un poco perversamente, propone el propio director. ¿Puede una película ser al mismo tiempo estimulante y monótona? Puede, y este es el ejemplo. Pero es también muy recomendable no perder de vista a su director: tendremos a un gran cineasta en cuanto consiga desprenderse de la retórica visual que ahora lastra su obra, y de su afán de ser personal a cualquier precio.
.

Ficha:
Título original: Shame
Año de producción: 2011
Duración: 99 min.            
País:  Inglaterra
Director: Steve McQueen
Guión: Steve McQueen, Abi Morgan
Música: Harry Escott
Fotografía: Sean Bobbitt
Reparto: Michael Fassbender, Carey Mulligan, 
                 James Badge Dale, Nicole Beharie, 
                 Jake Richard Siciliano, Hannah Ware, 
                 Alex Manette, Chris Miskiewicz,
                 Jay Ferraro, Anna Rose Hopkins, 
                 Eric Miller
Género:  Drama

17 de febrero de 2012

Caballo de batalla

Steven Spielberg
Steven Spielberg, esa especie de Midas con síndrome de Peter Pan, nos ofrece otra muestra de su talento para producir… dinero.  War Horse es una película hecha con un ojo en la taquilla y otro en la cámara con la que se ha rodado. Lástima que este último haya estado casi todo el tiempo guiñado, me figuro que por aquello de enfocar bien lo que veía el primero. Así, y a partir de un ciertamente buen guión basado en una novela de Michael Morpurgo, en el que sin embargo se dan cita todos los tics del más bobalicón espíritu sensiblero y cursi, con unos personajes salidos de la más rancia imaginería estadounidense, (aunque la cosa se desarrolla en Inglaterra y con personajes presuntamente ingleses. Bueno, y alemanes, y franceses, todos  hablando un perfecto inglés…) y con el énfasis puesto en lo más banal de la banal historia, Spielberg perpetra 146 inacabables minutos de galopadas, lacrimogenia y absoluta vacuidad. Con una estructura narrativa que recuerda aquella añeja historia del Rolls Royce amarillo, el caballo del título va pasando de mano en mano hasta que uno de los muchos deus ex machina que reblandecen el argumento de esta fábula, hace que el pobre bicho (¿o hay que decir el noble bruto?) vuelva con su noble, valiente, testarudo e infantiloide dueño. En medio se han sucedido toda suerte de aventuras y sobre todo desventuras,  cargas de caballería, batallas (la del Somme, nada menos, cuyos contendientes acuerdan una tregua para… perdón, iba a decir para salvar al soldado Ryan, pero no, claro, sólo al caballo Joey) y hasta huerfanitas… e incluso una especie de demente concurso de arada, todo a la mayor gloria de la más absoluta nada y trufado con gracietas y chistecillos de parvulario. Los personajes se atienen todos al canon más tópico de la abnegación o la vileza, según el papel que la historieta les asigne, en un trivial desfile de manoseados arquetipos con los que los actores tienen que bregar con poco éxito. Se salva el extraordinario Peter Mullan, capaz siempre de hacer convincente cualquier personaje. Naturalmente todo ello tiene un elemental final feliz, como toda fábula moral que se precie, sobre todo si es moral norteamericana: sobre un fondo de cielo crepuscular en rojos y negros sacado directamente de Lo que el viento se llevó, fotografiada a contraluz, sólo siluetas negras,  se reúne la familia contemplada por el heroico, inteligente y fiel caballo. Fin. (Deo gratias.) 
Claro, lo que ocurre es que Spielberg es sobre todo un extraordinario director. Posee un dominio admirable de todos los recursos estilísticos necesarios para convertir una anécdota tontorrona como esta en una desmesurada epopeya. La cadencia con la que se desarrolla la acción es realmente trepidante, sin que el ritmo decaiga nunca y en la que los momentos de relax narrativo están dosificados se diría que cronómetro en mano… Hay imágenes de potente belleza aunque sólo sirvan para ilustrar situaciones que no es que sean poco creíbles, sino que están desarrolladas de forma que resultan absurdas por completo, como esa carga de la caballería inglesa contra el campamento alemán, o la persecución del caballo por el tanque. La capacidad de Spielberg para crear desasosiego (¡cómo se añora al director de Duel!) queda patente en la alucinada cabalgada del caballo a través de las alambradas de esa devastada No Man's Land tan espléndidamente fotografiada por Janusz Kaminski… Lástima, sí, que todo ese derroche de sabiduría esté al servicio de esta oportunista película (...que ha conseguido un montón de nominaciones a los Oscar, claro, y yo además le daría al caballo el Oscar al mejor actor. Qué habilidad interpretativa y qué expresividad tiene el animalito, oigan.) 
.


Ficha:
Título original:War Horse
Año de producción: 2011
Duración: 146 min.            
País:  USA
Director: Steven Spielberg
Guión: Lee Hall, Richard Curtis
Música:  John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Jeremy Irvine, Emily Watson, 
                 Peter Mullan, Niels Arestrup, 
                 Tom Hiddleston, David Thewlis, 
                 Benedict Cumberbatch, Celine Buckens, 
                 Toby Kebbell, David Kross, Nicolas Bro,
Género: 
Bélico. Drama

16 de febrero de 2012

Rape con setas

El rape es un pescado cuyo contenido en grasa  es muy bajo, (2 gramos por cada 100 de porción comestible) por lo que resulta muy adecuado en las dietas de adelgazamiento, siempre que se cocine sin exceso de grasas ni salsas calóricas. Aporta vitaminas del grupo B, (B1, B3 y B9) y minerales como  potasio, fósforo, magnesio y hierro.  Además, al ser su carne consisten y firme y sin espinas es ideal para iniciar a los niños en el consumo de pescado. Puede presentarse en múltiples y diferentes preparaciones, como ingrediente principal o como añadido en paellas, croquetas, cremas… combinando perfectamente con casi cualquier otro alimento. Hoy vamos a hacerlo muy fácil y con una rica salsa de setas. Recuerde que es posible encontrar en el comercio setas deshidratadas, en conserva, e incluso congeladas, de muy buena calidad.

Ingredientes para cuatro personas
800 gr de rape en cuatro trozos
400 gr de setas variadas
Una cebolla mediana
Dos cucharas de eneldo picado
125 ml de vino blanco
125 ml de caldo de pescado
75 ml de brandy
Aceite de oliva
Sal
Pimienta

Cortamos la cebolla en juliana y la pochamos a fuego suave hasta que esté blanda pero sin que tome color. Escurrimos bien el aceite sobrante y añadimos las setas troceadas junto con el caldo de pescado y el vino blanco, cociendo a fuego lento unos cinco minutos. Añadimos el rape lavado y seco y dejamos otros diez o quince minutos más según sea el grosor de las tajadas de rape, teniendo siempre en cuenta que si lo pasamos demasiado quedará más duro y menos jugoso. Agregamos el eneldo, salpimentamos y regamos con el brandy removiendo bien y hacemos otros cinco minutos; apagamos el fuego y dejamos reposar un poco antes de servir. Normalmente las setas espesan la salsa, lo que junto a la reducción por la cocción es suficiente para conseguir una consistencia suave y cremosa, pero si quedara muy líquida, puede espesarse con una cucharadita de harina previamente tostada. En ese caso, retire el rape y deje hervir hasta que espese.

13 de febrero de 2012

Espaguetis con gambas y calabacín

Aunque su origen es aún discutido, parece que fue Marco Polo quien introdujo la pasta en Italia en el siglo XIII a su vuelta de sus viajes a Oriente, extendiéndose luego desde allí por todo Occidente sobre todo a partir de principios del siglo XX. En todo caso, se  han  encontrado los fideos más antiguos que se conocen (Sic). Son delgados, amarillos, miden 50 cm de largo y están hechos de un mijo originario de China. Se descubrieron en un tazón de barro sepultado bajo una capa de sedimento de tres metros de espesor cerca del río Huang Ho (río Amarillo) en el noroeste de China, lo que ha permitido a Houyuan Lu, de la Academia de Ciencias de China, afirmar que este descubrimiento ha demostrado que la primera producción de fideos tuvo lugar en China. (Vea el artículo en Wikipedia). Sea como fuere, la principal aportación nutritiva de la pasta son los hidratos de carbono, así como proteínas, grasas y minerales. Las pastas a las que en el proceso de fabricación se hayan añadido hortalizas tales como espinacas, zanahorias o tomate (las típicas pastas de colores) aportan también algunas vitaminas del grupo B. Contrariamente a que lo que se suele creer, por ser las pastas un alimento rico en hidratos de carbono, no engordan tanto como se dice. 
Lo que contribuye a ganar peso es el exceso de calorías provenientes de las salsas y acompañamientos de las pastas. Vaya, que si comemos unos espaguetis con una sencilla salsa de tomates, aportaremos menos grasas que si añadimos quesos, natas, carnes, etc. y verdaderamente es en la forma de prepararlas donde está el peligro (de sobrepeso), ya que la pasta  va bien con casi todo y una vez más hay tantas recetas como cocineros. Hoy vamos a hacer unos espaguetis sencillos, sabrosos y muy poco calóricos. (N. B. en español debe decirse, y sobre todo, escribirse espaguetis, adaptación gráfica del plural italiano spaghetti. Deben evitarse formas híbridas tales como  spagueti,  espaguetti o  spaguetti, que no son ni italianas ni españolas. Véase en el Diccionario Panhispánico de dudas la entrada espagueti).
 
Ingredientes para cuatro personas.
300 gr de espaguetis
250 gr de gambas
Un calabacín mediano
Cuatro cebollitas francesas
Dos puerros
500 gr de tomates bien maduros
Dos dientes de ajo
Aceite de oliva
Una cucharada de orégano

Una cucharada de cilantro
Dos o tres hojas de laurel
Sal
Pimienta

 
Pelamos las gambas y las reservamos. (No tire las pieles ni las cabezas: puede hacer un caldo muy rico con ellas para utilizar en otras preparaciones). Pelamos las cebollas, las picamos en juliana y las ponemos a  pochar con un chorro de aceite, cuidando que no se quemen. A media cocción añadimos los puerros también limpios y en juliana y los ajos pelados y cortados en láminas y dejamos que se hagan hasta que estén blandos. Agregamos los tomates pelados y muy bien troceados y cocemos durante unos quince minutos a fuego suave. Cuando falten unos seis o siete minutos añadimos el calabacín cortado en pequeños dados, el orégano, el cilantro y las gambas, mezclando bien. Mientras, cocemos la pasta siguiendo las instrucciones del fabricante en una olla con abundante agua, sal, y un chorrito de aceite. (Los italianos, que dicen saber de pastas más que nadie en el mundo, aconsejan cocer la pasta sin tapar la olla…) Unos tres minutos antes de retirar del fuego le añadimos las hojas de laurel. Escurrimos bien y mezclamos con la salsa, dejando un par de minutos al fuego sin que hierva para que se mezclen bien los sabores.