22 de octubre de 2011

Dorada a las tres especias

La dorada es uno de los pescados más apreciados, aunque hay que distinguir entre la dorada pescada en el mar, conocida como salvaje y la de piscifactoría. Es claro que el sabor de las doradas salvajes es más delicado, pero el precio también es mucho más alto. Esta es una receta muy sencilla para hacer unos filetes de dorada y cuya única dificultad, mínima, es la preparación de la salsa, ya que el pescado lo haremos sencillamente a la plancha o, si se prefiere, a la parrilla.

Ingredientes para cuatro personas.
Cuatro doradas de ración en filetes. (Se puede pedir al pescadero que nos las prepare)
Un vaso de caldo de pescado
Una cebolla
Una patata pequeña
Una rama de apio
Pimienta en grano (siete u ocho granos)
Cominos (algo menos de media cucharadita)
Cardamomo (siete u ocho semillas de las que sólo utilizaremos los granos que hay en su interior)
Sal

Puede variar las cantidades de las especias en función del gusto personal. Recuerde, eso sí, que el comino tiene un sabor muy fuerte que puede tapar al resto de las especias. Comenzaremos lavando, picando y haciendo al vapor las verduras, para después triturarlas bien en la batidora y pasarlas por el chino o un colador. Se trata de conseguir una crema ligera. En una sartén, y a fuego suave, pondremos esta crema. Salamos y añadimos el caldo de pescado dejando reducir para que espese. Es mejor añadir el caldo poco a poco, según se vea si la salsa queda demasiado espesa. 
Se puede añadir también un par de cucharadas de nata, si se quiere. Machacamos las especias en el mortero hasta dejarlas bien molidas y las agregamos a la salsa cuando ya casi haya alcanzado el grado de consistencia deseado y dejamos unos minutos más removiendo bien para que se mezclen todos los sabores. Servir el pescado hecho a la plancha o la parrilla, como se prefiera, salseado y junto con unas cebollitas francesas al vapor como guarnición.

21 de octubre de 2011

Deliciosa Marta

Sandra Nettelbeck. Imagen tomada de zimbio.com
Sandra Nettelbeck es una directora alemana con una muy corta filmografía (bueno, ella es muy joven, démosle tiempo) y de la que, que yo sepa, en España sólo se ha estrenado esta pequeña delikatesse. De 2004 es Sergeant Pepper, “…una película para niños en la que narraba la amistad entre un niño de seis años y un perro.” (Wikipedia dixit,) y de 2009 Helen, que según parece “Se centra en Helen, una profesora de música y madre que sufre una fuerte depresión.” (Esta vez quien lo dice es La Higuera.net).
Puede que esta Bella Martha de 2000 sea una obrita menor, pero en todo caso es un juguete perfectamente ensamblado, una comedia-melodrama donde una cocinera deliciosamente neurótica y deliciosamente interpretada por una pletórica Martina Gedeck recita (susurra, más bien) recetas de cocina desde el diván de un psicoanalista que casi acabará necesitando él mismo unas buenas sesiones de psicoterapia. Martha trabaja en un pequeño pero refinado restaurante por cuya cocina deambula teresianamente la cámara de Sandra Nettelbeck, que si no encuentra a Dios entre los pucheros sí encuentra una galería de personajes tan creíbles como perfectamente dibujados con trazo firme pero ligero, sirviéndose  de apenas una frase, un gesto, una mirada, acercándose a ellos con el respeto, la ternura y esa pizca de ironía con que todo buen director trata a sus personajes. 
Y entre ellos se mueve Marta, siempre en tensión, sumida en su pequeño mundo de recetas y clientes puntillosos hasta que un inesperado accidente primero, y la aparición después de un cocinero italiano que amenaza, o eso cree ella, su hegemonía en la cocina del restaurante, vienen a romper la rutina. Un inesperado accidente que Sandra Nettelbeck nos cuenta con una maestría insuperable: la normalidad rota por una simple llamada de teléfono, el shock al recibir la noticia expresado con una mano que busca apoyo en la pared, el dolor en la silueta a contraluz de un cuerpo doblado por el llanto, la soledad frente a ese dolor, (Marta estará siempre sola en las secuencias que narran esos momentos), todo ello expresado con tal sencillez en las imágenes y sobriedad en los movimientos de la cámara que uno no sabe qué admirar más, si la sabiduría de Sandra Nettelbeck  como directora o como guionista. Porque ese es otro de los atractivos de la película: un primoroso guión que alterna comedia y drama en un perfecto encaje ejemplificado en la primera aparición del cocinero italiano que borda Sergio Castellito,  uno de los mejores actores italianos actuales, deudor de los mejores Totó, De Sica, Sordi o Gassman (cierto que con una clara tendencia al desparrame interpretativo que aquí controla perfectamente y con mano firme pero no rígida Sandra Nettelbeck : ese italiano visto por una alemana es quizá un punto demasiado… italiano.)  La historia discurre con una envidiable fluidez hasta el final feliz ma non tanto, punteada por hallazgos como la extraordinariamente erótica secuencia donde Mario, el cocinero italiano, da a aprobar varias salsas a Martha.  

No falta el aliño levemente picante de unas gotitas de melodrama que no enturbian el buen sabor del acabado (esas secuencias de la reconciliación entre Martha y la pequeña Lina con lágrimas y abrazos, o la despedida de ambas, en la mejor tradición del género…) Y queda la impresión de una gran dirección de actores y de un inmejorable dominio de la narración y de la dosificación de los tempos.
Quizá habría que reprochar a fräulein Nettelbeck que no haya sabido resistirse al uso (no excesivo, todo hay que decirlo) de los objetivos de focal variable, los llamados zoom, ese diabólico invento exportado por Hollywood al resto del mundo y convertido en vicio universal consistente en escamotear la mitad de la interpretación de un actor, desenfocándole alternativamente y que ha venido a sustituir al recurso del plano/contraplano clásico que ya casi nadie utiliza… (Una lástima, porque además es una doble falta de respeto: al actor al que se le roba parte de su trabajo y a mí, al que como espectador se me priva de decidir a qué actor quiero mirar.)
Y una anécdota final: en 2007, Scott Hicks  realizó Sin reservas un remake de esta película al estilo de Hollywood con Catherine Zeta-Jones interpretando a Martha.


Ficha:
Título original: Bella Martha (AKA Drei Sterne)
Año de producción: 2000
Duración: 107 min.            
País: Alemania
Director: Sandra Nettelbeck
Guión: Sandra Nettelbeck
Música: Keith Jarrett, Arvo Pärt, David Darling
Fotografía: Michael Bertl
Reparto:Martina Gedeck, Sergio Castellitto, 
               Maxime Foerste, Sibylle Canonica, 
               Katja Studt, August Zirner,
               Idil Ürner, Oliver Broumis, Ulrich Thomsen
Género:  Comedia. Drama

Mirando hacia atrás con hambre

Parece pertinente tener en esta bitácora una sección retrospectiva en la que tengan cabida las viejas y no tan viejas películas, esas que dejan un recuerdo especial y a las que siempre se vuelve, como se vuelve a los libros, a la música… a los amores perdidos, ay.  Y quizá bajo la influencia del sitio este, me parece muy adecuado llamarla Mirando hacia atrás con hambre.
Y para comenzar he pensando en esas películas en las que la gastronomía, si no es la protagonista, sí que al menos ocupa un espacio significativo en la historia. Por ejemplo esa cruel maravilla que es La gran comilona (La grande bouffe, 1973) probablemente la mejor película sobre comida y donde la gastronomía es algo más que una excusa y en la que Marco Ferreri pone imágenes a un superlativo atracón firmado por Rafael Azcona. O El festín de Babette (Babettes gæstebud, 1987) un delicado bocado de Gabriel Axel sobre un cuento de Isak Dinesen. O Satiricón (Fellini Satyricon, 1969) donde Fellini reinventa el banquete de Trimalción…  o esa otra golosina preparada por Sandra Nettelbeck, esa realmente Deliciosa Marta (Bella Martha, 2000) con guión de la propia Nettelbeck. De todas ellas y de alguna más hablaré aquí, aunque no traten de cocina ni gastronomía.

18 de octubre de 2011

Alcachofas al vino blanco con jamón

Comienza la temporada de la alcachofa, una planta entre cuyas virtudes destacan que es rica en fibra, que equilibra la presión sanguínea, que su alto contenido en potasio la hace muy diurética... Se la considera un buen depurativo y es uno de los alimentos más indicados para los diabéticos. Como además sabe muy rica vamos hoy a preparar una variante de las típicas alcachofas con jamón en la que vamos a cocerlas al vapor sustituyendo el agua por un vaso de vino blanco.
Pero antes unos consejos: compre siempre alcachofas bien compactas, firmes y con las hojas bien apretadas y brillantes, ya que las más tiernas son las que están cerradas y sus hojas muy apiñadas... Nunca tire el tallo, pélelo y hágalo al mismo tiempo que la alcachofa. Un truco para evitar que se oxiden y ennegrezcan consiste en introducirlas nada más limpiarlas en un recipiente con agua fría donde hayamos puesto unas ramitas de perejil. Conviene consumir la alcachofa recién adquirida, pero podemos prolongar su conservación sumergirendo sus tallos en agua, igual que haríamos con una flor.Y hablando de flores: la alcachofa es la flor a medio formar, no el fruto, de la alcachofera.


Ingredientes para cuatro personas:
Una docena de alcachofas.
2 vasos de vino blanco seco.
150 gramos de jamón ibérico en tacos.
Una cucharada de cebollino picado.
Dos o tres hojas de laurel.
Aceite de oliva.
Sal.  

Ponemos el vino en la olla con las hojas de laurel. Quitamos las hojas exteriores de las alcachofas hasta llegar al corazón, que partiremos en dos longitudinalmente, y quitamos los pelillos interiores. Cuando el vino rompa a hervir los ponemos en la cestilla y tapamos la olla. El tiempo de cocción varía entre quince y veinte minutos, dependiendo de la calidad de las alcachofas y de si usted las prefiere blanditas o al dente. Cuando estén, retiramos la olla del fuego y dejamos reposar unos minutos. Las colocamos en el plato junto con los tacos de jamón, poniendo por encima el cebollino y aderezándolas con un chorrito de buen aceite de oliva virgen y un pellizco de sal. 

16 de octubre de 2011

El árbol de la vida

Tras el habitual y largo paréntesis en su carrera, (seis años esta vez, desde El nuevo mundo, en 2005), genial para unos, insoportablemente pretencioso para otros, Terrence Malick ataca de nuevo. 
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Y esta vez lo hace utilizando la artillería pesada con una catarata de imágenes, un diluvio de símbolos, donde desde la elección de los motivos clásicos de la banda sonora, (El Requiem de Berlioz, la segunda sinfonía de Brahms, la primera de Mahler…) contrastando con el  minimalismo de la música original  de Alexander Desplat, todo parece ideado para apabullar al sufriente espectador. Ya desde la elección de la mínima anécdota en la que se basa el guión, las obsesiones malickianas llegan aquí al paroxismo: sobre todo en su pesimista visión de la maldad intrínseca del hombre (esa idea tan cara a los fundamentalistas del puritanismo cristiano del que Malick parece formar parte) enfrentada a la grandiosa belleza de la naturaleza. Para ello se sirve de una muy convencional anécdota: las problemáticas relaciones de un autoritario padre de familia con su esposa y sus hijos, rememoradas por uno de ellos a través de una serie de flashbacks que van de la América de los años 50 a la actual y que si contribuyen a hacer más compleja y descoyuntada una  narración que poco tiene que ver con el estilo lineal, en nada ayudan a enriquecerla, pues todo consiste en insistir de forma reiterada en secuencias de niños jugando, niños corriendo, niños comiendo… siempre con el temor reflejado en los rostros, secuencias que se van alternando con otras de la esposa acobardada, la esposa tratando de proteger a los niños… siempre con el temor reflejado en su rostro, mientras el personaje que va recordando se mueve en escenarios tan absurdos como aparentemente caprichosos.  
Y no es que eso, la falta de linealidad narrativa sea malo, claro que no, pero venir a estas alturas del curso y después de Buñuel o Godard sin ir más lejos, sentando cátedra de originalidad por ello resulta un tanto excesivo, diría yo. En lo formal, las imágenes rodadas muchas veces cámara en mano, hacen pensar que el director se ha adherido al movimiento Dogma 95 o quizá que está homenajeando al free cinema inglés, pero no. Basta fijarse un poco en el retorcido  preciosismo de las imágenes tan bellamente fotografiadas por Emmanuel Lubezki para desechar semejantes ideas. El abuso de los contraluces entre flotantes cortinas de gasa, los obsesivos primeros planos… todo lleva el signo de la personalidad de Malick. Por no hablar de ese desconcertante homenaje al National Geographic: cerca de veinte minutos de abrumadoras imágenes que van desde las galaxias a los dinosaurios pasando por las medusas o las espiroquetas con parada en la fumarolas y los lagos burbujeantes de Yellowstone, y que no se sabe muy bien a qué necesidad narrativa obedecen. En cuanto a la estructura de la película, Malick no se complica la vida y recurre a su viejo esquema de siempre. Todas sus películas se inician con una voz en off que, o nos cuenta lo que estamos viendo, o nos pone en antecedentes de algo teóricamente vital para la historia como ya hizo en Malas Tierras (Badlands) en 1973, su primera película, o nos advierte de lo que se avecina. Y El árbol de la vida no es la excepción aunque aquí Malick pica más alto y nos obsequia con una cita del Libro de Job en la voz del mismísimo Yahveh. (Por cierto, y comentario al margen: en la versión de la película doblada al castellano, esta voz en off  sobre las palabras impresas en la pantalla comete un error: la cita no es del versículo 38 del Libro de Job, sino del capítulo 38, versículos 4 a 7.) Y para que nada falte, también tenemos la violencia explícita, otra constante en su obra, a veces llevada hasta la truculencia como en algunas secuencias de La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), y que aquí se concentra en la actitud de ese padre que aterroriza a su familia con su autoritarismo. Por lo demás, sigue jugando con los mismos símbolos que lleva usando desde hace 42 años: también El árbol de la vida comienza con una muerte como en  Malas Tierras (Badlands, 1973) y Días del cielo (Days of Heaven, 1978). Como en todas sus películas, también en esta está presente el fuego, ¿quizá como metáfora de la cristiana purificación a que ha de someterse el hombre? Sólo que aquí el fuego es un fuego cósmico, el fuego por antonomasia a la altura de las pretensiones del resto de los símbolos, reflejado en las explosiones volcánicas, solares y galácticas…
Hay otro problema en el cine de Terrence Malick, y es, desde mi punto de vista, la selección de los actores. Porque si es a través de sus personajes que Malick quiere expresar esa intrínseca maldad humana, debería convertirlos, dada su pretensión de trascendencia, en arquetipos a la manera, digamos shakespeariana. Pero mal lo tiene, aparte de por la vacuidad new age de sus guiones, con actores de la (escasa) talla interpretativa de los que elige. Pues de la misma forma que en Malas tierras Martin Sheen convierte a  Kit Carruthers en un descerebrado niñato más tonto que perverso, o que Richard Gere en Dias del cielo  parece más terrenalmente despistado que metafísicamente extraviado, en El árbol de la vida Brad Pitt da más la impresión de un cabezota con pocas neuronas que de un malvado pater familias mientras que Sean Penn por su parte está siempre más cabreado que traumatizado.
¿Y qué más? Pues poco más, quizá la idea de la redención humana por el perdón, si es que es eso lo que el final sugiere. Es decir, que poco de nuevo hay bajo el sombrero de este nuevo malick, y que es inevitable salir del cine con la impresión de que el genio está matando moscas a cañonazos, por seguir con la vistosa metáfora del principio de este comentario.
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Ficha:
Título original: The Tree of Life
Año de producción: 2011
Duración: 138 min.            
País: Estados Unidos
Director: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Reparto: Brad Pitt, Jessica Chastain,
              Hunter McCracken, Sean Penn,
              Laramie Eppler, Tye Sheridan,
              Fiona Shaw, Crystal Mantecon,
              Pell James, Joanna Going,
              Kari Matchett, Michael Showers

Premios: Cannes 2011, Palma de Oro 
               mejor película
Género:  Drama